Fármacos, plásticos y químicos en tu vaso de agua: ¿qué viene después?
Ordóñez-Zambrano, T., Mondavi-Sobby, D., Duarte-Casar, R., Romero-Benavides, J. C., Navarro-Rojas, M., Colpari-Pozzo, M., & Rojas-Le-Fort, M. (2026). Future Directions of Research on Emerging Pollutants in Drinking Water. En Nanotechnology and Emerging Contaminants in Drinking Water (pp. 256–271). CRC Press. https://doi.org/10.1201/9781003650690-19
Suena alarmista, pero no lo es. Es ciencia.
Los contaminantes emergentes ya están en ríos, acuíferos y, sí, en agua potable. No son nuevos, pero recién empezamos a entender el problema. El capítulo “Future Directions of Research on Emerging Pollutants in Drinking Water” (Ordóñez-Zambrano et al.) pone el dedo en la llaga.
Estos contaminantes incluyen:
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Medicamentos (ibuprofeno, antidepresivos, antibióticos).
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Plásticos (micro y nanoplásticos).
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Químicos industriales (bisfenol A, PFAS –los llamados “químicos eternos”–).
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Plaguicidas y productos de cuidado personal.
El problema no es solo que estén ahí. Es que las plantas de tratamiento convencionales no fueron diseñadas para eliminarlos. Y los efectos a largo plazo (dosis bajas, mezclas tóxicas) son en gran parte un misterio.
Estado actual
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La tecnología actual no da abasto. Los procesos tradicionales (cloración, sedimentación) no remueven bien estos compuestos.
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La regulación va atrasada. No hay estándares globales. Un país regula lo que otro ignora.
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La desigualdad importa. Los países de ingresos bajos y medios tienen menos capacidad de monitoreo y tratamiento. El problema no es solo técnico, es también de justicia ambiental.
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Hay soluciones prometedoras, pero con matices: nanomateriales, membranas avanzadas, oxidación por ozono o luz UV, y sistemas biológicos. Ojo: no todo lo “nano” es mágico ni está listo para usarse en casa sin riesgos.
¿Hacia dónde debe ir la investigación?
El capítulo propone cuatro direcciones claras:
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Mejor detección. Más barata, más rápida, portable. Apps y sensores de bajo costo.
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Tratamientos más inteligentes. No solo quitar, sino degradar. Y hacerlo con menos energía.
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Evaluación realista de riesgos. No más “una sustancia a la vez”. Hay que medir cócteles químicos y exposiciones crónicas.
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Colaboración global. Bases de datos abiertas, estándares comunes, transferencia de tecnología. El agua no respeta fronteras.
No vamos a resolver esto con parches. Se necesita un cambio de enfoque: de reaccionar a prevenir. Eso significa desde diseñar químicos biodegradables (química verde) hasta invertir en plantas de tratamiento que no sean de los años 70.
El agua potable segura en 2030 (ODS 6) no será posible si seguimos ignorando estos contaminantes. La ciencia está clara. Falta voluntad y cooperación.