Biografía del Conde de Sandwich (parodia) por Woody Allen

Recuerdo haber leído este libro a principios de los 90. Se me quedaron varias cosas en la memoria, entre ellas esta pseudo biografía del Conde de Sandwich.  Es parte del libro Cómo Acabar de Una vez por Todas con la Cultura, de Woody Allen.

Para acabar con las biografías

Sí, ¿pero puede hacer esto la máquina a vapor?

portadaEstaba hojeando una revista mientras esperaba a  que Joseph K., mi basset, terminara su acostumbrada  consulta de cincuenta minutos todos los martes con  un psicoterapista de Park Avenue (un veterinario  junguiano que, por cincuenta dólares la sesión, se empeña en convencerle de que los mofletes no son  una desventaja social), cuando, por casualidad, di  con una frase al pie de la página que atrajo mi atención tanto como la notificación de un cheque sin  fondos. Sin embargo, no se trataba más que de uno  de esos artículos de las rúbricas pseudoculturales,  tipo «Conozca usted la vida de…» o «¡A que no lo  sabe!», pero su evidencia me sacudió con la fuerza  de las primeras notas de la Novena de Beethoven.  «El sandwich», decía, «fue inventado por el conde de  Sandwich». Estupefacto por la noticia, la volví a leer y me estremecí con un temblor involuntario. Mis  ideas se arremolinaron mientras evocaba los sueños,  las esperanzas y los inmensos obstáculos que debieron acompañar el invento del primer sandwich. Se  me humedecieron los ojos cuando miré por la ventana las centelleantes torres de la ciudad y experimenté una sensación de eternidad, maravillado por  el lugar inextirpable del hombre en el universo. ¡El  hombre, el inventor! Los cuadernos de anotaciones  de Da Vinci se cirnieron sobre mí —valientes hipótesis para las más elevadas aspiraciones de la raza  humana. Pensé en Aristóteles, Dante, Shakespeare.  El primer folio de sus obras. Newton. El Messiah  de Handel. Monet. El impresionismo. Edison. El  cubismo. Stravinsky. E = mc2 …

Me concentré con firmeza en la imagen mental  del primer sandwich conservado en una vitrina del  Museo Británico y dediqué los tres meses siguientes a la elaboración de una breve biografía de su gran  inventor, el conde de Sandwich. Aunque mis conocimientos de historia no son muy brillantes y aunque mi  capacidad para novelar los hechos supera por mucho  la del común de los aficionados al ácido, espero  haber captado al menos la esencia de este genio ignorado y deseo que estas notas sueltas induzcan a  algún verdadero historiador a trabajar sobre él a  partir de estos datos.

1718: nace el Conde de Sandwich en una familia  de aristócratas. El padre está encantado por haber  sido nombrado jefe herrador de Su Majestad el Rey, posición de la que disfruta durante bastantes años  hasta que descubre que no es más que un herrero  y renuncia amargado. La madre es una simple hausfrau de extracción germánica cuyo sencillo menú consiste esencialmente en manteca de cerdo y avena, aunque a veces demuestra cierta imaginación culinaria al confeccionar un postre de natas, huevos, vino y  azúcar.

1725–1735: asiste a la escuela donde aprende a  montar a caballo, y latín. En la escuela toma contacto por primera vez con los embutidos y muestra especial interés por los cortes muy finos de roast beef y de jamón. Para cuando se gradúa, esto se ha convertido  ya en una obsesión y, aunque su tesis sobre «El análisis y los fenómenos concomitantes de la merienda  de la tarde» llama la atención de los profesores, sus  compañeros de estudio le consideran estrambótico.

1736: ingresa en la universidad de Cambridge, a  instancias de sus padres, para seguir estudios de retórica y metafísica, pero muestra poco entusiasmo por  los mismos. En constante rebelión contra todo lo  académico, es acusado de robar pan y de llevar a cabo experimentos antinaturales con ese material. Las  acusaciones de herejía determinan su expulsión.

1738: desheredado, se refugia en los países escandinavos donde, durante tres años, estudia intensivamente el queso. Fascinado por la gran variedad de  sardinas que encuentra, anota en su cuaderno:  «Estoy convencido de que existe una realidad permanente, más allá de lo que aún ha podido lograr el  hombre, en la yuxtaposición de los alimentos. Simplifica, simplifica». A su regreso a Inglaterra, conoce  a Nell Smallbore, la hija de un verdulero, y contrae  matrimonio. Ella le enseñará todos sus conocimientos  sobre la lechuga.

1741: residente en el campo con una modesta herencia, trabaja día y noche, apretando con frecuencia el cinturón para ahorrar y comprar comida. Su  primera obra completa (una rebanada de pan, otra  rebanada de pan encima de la primera y un trozo de  pavo encima de las dos rebanadas) fracasa miserablemente. Desilusionado hasta la amargura, regresa a  su estudio y vuelve a empezarlo todo de nuevo.

1745: después de cuatro años de frenética labor,  está convencido de haber alcanzado la antesala del  éxito. Expone ante sus colegas dos trozos de pavo  con una rebanada de pan en medio. Todos rechazan  su obra salvo David Hume, que presiente la inminencia de algo grandioso y le alienta a seguir. Enardecido por la amistad del filósofo, vuelve a su trabajo  con renovado vigor.

1747: en la miseria, no puede darse el lujo de  trabajar con roast–beef o pavo y se dedica al jamón  que es más barato.

1750: en primavera, expone tres trozos consecutivos de jamón, uno encima de otro, y hace una  demostración que sólo despierta cierto interés en  círculos intelectuales y que pasa desapercibido para  el gran público. Tres rebanadas de pan apiladas  aumenta su reputación y, aunque todavía no se evidencia un estilo maduro. Voltaire muestra su interés  por conocerle.

1751: viajes a Francia donde el filósofo–dramaturgo acaba de lograr interesantes resultados con pan  y mahonesa. Los dos hombres se hacen amigos, y se inicia una larga correspondencia que termina abruptamente cuando a Voltaire se le acaban los sellos  postales.

1758: su creciente aceptación entre los manipuladores de la opinión pública hace que la Reina le  encargue «algo especial» con motivo de un almuerzo  con el embajador de España. Trabaja día y noche  experimentando con cientos de posibilidades y, por  fin, a las 16 horas 17 minutos del 27 de abril de 1758,  crea la obra que consiste en varias tajadas de jamón  cubiertas, por encima y por abajo, por dos rebanadas  de pan de centeno. En un golpe de inspiración, adorna la obra con mostaza. Es el éxito inmediato, y  queda encargado para el resto del año de los almuerzos del sábado.

1760: cosecha un éxito tras otro creando «sandwiches», como se los denomina en su honor, con  roast–beef, pollo, lengua y casi cualquier fiambre  concebible. No satisfecho con repetir fórmulas ya  tratadas, busca nuevas ideas y elabora el sándwich–combinado por el cual recibe la Orden de la Jarretera.

1769: en su residencia de campo, recibe la visita  de los hombres más ilustres del siglo; Haydn, Kant.  Rousseau y Ben Franklin se detienen en su casa,  algunos disfrutando de sus admirables creaciones,  otros con pedidos para llevar.

1778: aunque físicamente cansado, todavía investiga nuevas formas y escribe en su diario: «Trabajo  hasta altas horas de la noche y tuesto todo lo que  encuentro en un esfuerzo por mantener el calor».  A fines de ese mismo año, su sandwich abierto de roast–beef caliente provoca un escándalo por su  franqueza.

1783: para celebrar su sexagésimo quinto cumpleaños, inventa la hamburguesa y hace giras personales por las grandes capitales del mundo preparando hamburguesas en salas de concierto ante numerosas y agradecidas audiencias. En Alemania,  Goethe sugiere servirlas con panecillos, una idea que  deleita al conde que, más tarde, dice del autor de  Fausto: «Este Goethe es un gran tipo». Estas palabras deleitan a Goethe, aunque al año siguiente los  dos hombres rompen su relación por una desavenencia en torno a los conceptos de crudo, medio  hecho y hecho.

1790: en una exposición retrospectiva de su obra  celebrada en Londres, sufre un súbito ataque de dolores en el pecho, y se supone una muerte inminente, pero se recupera lo suficiente para supervisar  la construcción de un monumento al sandwich de  barra promovida por un grupo de talentosos seguidores. Su inauguración en Italia produce serios disturbios y allí permanece incomprendido salvo por  unos pocos críticos.

1792: cae víctima de un genu varum que no puede  tratar a tiempo y fallece mientras duerme. Es enterrado en Westminster Abbey, y miles de personas  presencian sus funerales. En esa ocasión, el gran  poeta alemán Hölderlin resume sus logros con una  manifiesta reverencia: «Liberó a la humanidad del  almuerzo caliente. Todos estamos en deuda con él».

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